divendres, 28 de desembre de 2012

Solo, yo solo, sí.

Solo, yo solo, sí.
A lo lejos veía indicios
de sociedad.

A diez minutos
de los minutos,
de la ciudad,
de los bienes absurdos...

Solo, yo solo, sí.
Aquí el tiempo inexistente
me lo daba el mar.

Al igual que al tronco
estirado en la duna,
agradecido a la naturaleza
por darme su hogar,
me arropaba la arena
y me hacía de cuna,
tomando mi sombra como moldura.

Solo, yo solo, sí.
Y sólo en el perecer de dos olas
derrumbé mi paz.

El viejo tronco surcaba el desierto
por orden de gravedad,
y sólo en el perecer de dos olas
se derrumbaron mareas,
años para vosotros,
de arena cubriendo
al árbol de la verdad.

Casi enterrada la bola  de algún chiquillo,
que habría surcado hasta desembarcar,
pero los niños se hacen mayores
y los juguetes se hacen olvidar.

Solo, yo solo, sí.
Aunque a veces oí alguna nota,
de un herrerillo cantar.

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