dissabte, 5 d’octubre de 2013

Frutos del bosque envenenados

Frutos del bosque envenenados
-me dijeron- recolecta con tus manos,
e iba a comerlos hasta que los pájaros
me advirtieron muertos en la sombra de su árbol.

Arbustos puntiagudos a su lado
y espinosas ramas en mi brazo,
clavadas una a una a su propósito,
los dolores más agudos fueron póstumos.

Casi pierdo el equilibrio entre las rocas
que aguardaban a serpientes en su hambrienta gola
y entre troncos caídos encontré mi ropa;
aquella piel que al reptil le sobra.

Aquella amistad resultó estar rota,
tan rica como la lluvia
pero tan pobre como sus gotas.
Y así descubrí que mi alma va sola,
acompañada de su cuerpo, el único compadre
que nunca la abandona hasta que la muerte nos mate.

Y recuerda que si intentas quebrantar tus espinas
tan sólo conseguirás más heridas y más sangre.